Canaima profanado: El avance de la minería hacia el Salto Ángel y Wonkén

La frontera minera al sur de Venezuela ha cruzado una línea roja definitiva: la invasión sistemática del Parque Nacional Canaima. Durante el primer cuatrimestre de 2026, el monitoreo del Observatorio confirmó que la actividad extractiva ya no se limita a las zonas perimetrales, sino que ha penetrado en el corazón del sector oriental del parque. Reportes documentados en marzo de 2026 denuncian la presencia de al menos 12 balsas mineras operando en el río Carrao, el cual conecta directamente con el Salto Ángel. Estas estructuras remueven el lecho del río de forma continua, generando una carga de sedimentos que amenaza la integridad de este ecosistema único en el mundo.

Uno de los casos más alarmantes de expansión es el de la comunidad de Wonkén. Conocida históricamente por ser un refugio prístino y aislado, este sector —que alberga una escuela internado para niñas indígenas— se ha transformado en un enclave minero. La logística para esta destrucción proviene del extranjero: maquinaria pesada de mediana y alta potencia es adquirida en la localidad brasileña de Pacaraima y trasladada al interior del parque mediante redes de transporte que evaden la fiscalización de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y el Ejército, contando con la anuencia de sectores de la capitanía local.

El impacto de esta expansión trasciende lo ecológico y toca la seguridad estratégica del país. Organizaciones como SOSOrinoco han alertado que las balsas y dragas que operan entre los puertos de Canaima y Arekuna actúan como una "lija" sobre las turbinas del Complejo Hidroeléctrico del Guri. Los sedimentos y el mercurio lanzados al Caroní y sus afluentes no solo envenenan el agua de las comunidades indígenas, sino que comprometen la capacidad de generación eléctrica nacional a largo plazo.

Paradójicamente, mientras la minería devasta el paisaje, investigadores venezolanos han identificado en la zona sitios de arte rupestre con más de 10,000 años de antigüedad, lo que refuerza la necesidad de proteger a Canaima como Patrimonio Cultural de la Humanidad. La tendencia observada indica que, de no frenarse esta incursión, los ríos emblemáticos de la Gran Sabana se convertirán en rutas de abastecimiento logístico para una minería fluvial que avanza sin frenos, desplazando el turismo sostenible y la cultura ancestral por una economía de destrucción inmediata.