Ríos de gasolina: Las alfombras de tambores que alimentan la mina
La hipótesis de que el flujo de combustible hacia las minas ilegales ha sido interrumpido queda totalmente desestimada ante la evidencia recolectada en el terreno durante este cuatrimestre. La minería ilegal en el sur de Venezuela no solo mantiene su acceso al combustible, sino que ha perfeccionado métodos de transporte masivo que desafían cualquier pretensión de control estatal. El método más emblemático registrado es el de las "alfombras de tambores": cientos de recipientes de 200 litros atados entre sí que son lanzados a las corrientes de los ríos Icabarú y Caroní para ser recibidos en los centros de producción minera.
Esta logística es vital para sostener la creciente flota de balsas mineras. Según cálculos técnicos y reportes de SOS Orinoco, una sola balsa minera con motores de alta potencia consume aproximadamente 3,000 litros de combustible en jornadas de 24 horas de dragado. Considerando que solo en un tramo del río Caroní se han contabilizado 49 balsas operativas, la demanda diaria supera los 14,700 litros de combustible. Este volumen masivo de carburante —equivalente a la carga de un camión cisterna cada dos días— fluye sin interrupciones hacia el corazón de la selva mientras las comunidades aledañas permanecen paralizadas por el racionamiento.
La impunidad de este transporte es absoluta. En la Gran Sabana, se han documentado camiones 350 cargados con tambores de combustible cruzando libremente el Salto Cantarrana y el puerto Los Caribes en Icabarú. Para llegar a estos puntos, los cargamentos deben atravesar al menos cuatro puntos de control de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y de la Seguridad Indígena, lo que evidencia una coordinación sistemática entre los encargados de la vigilancia y los grupos armados que controlan las minas.
El impacto de este "río de gasolina" es doble: por un lado, garantiza la operatividad de las dragas que destruyen el lecho de los ríos y contaminan las aguas con mercurio; por el otro, consolida un mercado negro perfectamente coordinado donde el combustible se ha convertido en la moneda de cambio más valiosa. Mientras el discurso oficial en Caracas habla de una minería "ecológica" y "controlada", los ríos del estado Bolívar siguen siendo la vena abierta por donde se desvía la energía del país para alimentar un modelo de destrucción ambiental sin precedentes.